Estación de Parma: la fotografía en blanco y negro que dejé reposar desde 2019


Hay fotografías que uno hace y sabe inmediatamente que funcionan.

Y hay otras.

Esta pertenece a las segundas.

La hice en 2019, en la estación de trenes de Parma. Era uno de esos días de movimiento normal: había gente entrando y saliendo, viajeros que seguían su camino, pero sin llegar a convertirse en una de esas estaciones abarrotadas en las que todo parece ocurrir al mismo tiempo.

Hacía frío. Eso sí lo recuerdo claramente.

Yo estaba haciendo mi recorrido habitual y, en medio de ese movimiento, reparé en una mujer que me llamó la atención desde el punto de vista fotográfico. Había algo en la escena que quería llevarme conmigo, aunque no conseguía encontrar el ángulo que buscaba.

Y aquel día tenía una limitación bastante sencilla: no llevaba mi cámara.

Saqué el móvil.

Tomé la fotografía y seguí con mi día.

Cuando la vi en casa, no me gustó.

No había ocurrido nada especial con ella. No la borré, pero tampoco sentí que tuviera una fotografía que valiera la pena trabajar. Terminó guardada entre otras imágenes, como tantas que uno conserva sin saber muy bien por qué.

Y allí quedó. Desde 2019.

Pasó el tiempo y, hace poco, volví a encontrarme con ella. Esta vez la miré de otra manera. Ya no tenía delante la frustración de aquel momento, ni el recuerdo de no haber encontrado el encuadre que quería, ni la sensación de haber tenido que conformarme con el móvil.

Solo tenía la fotografía.

Decidí probarla en blanco y negro.

Entonces algo cambió.

El color desapareció y también parte del ruido visual de la estación. El tren continuó allí, con sus ventanas y sus líneas horizontales. La mujer seguía en el mismo lugar. La bufanda, los auriculares y la luz sobre su rostro empezaron a ocupar más espacio dentro de la fotografía.

No sé quién es.

No sé de dónde venía ni adónde iba.

Tampoco sé qué estaba pensando mientras permanecía allí.

Y está bien así.

Para contar esta imagen no necesito inventarle una historia. Me basta con lo que vi aquel día y con lo que ahora encuentro en ella.

La luz.

El frío que se adivina en la ropa.

El contraste entre el cuerpo de la estación y esa figura iluminada en primer plano.

Las ventanas del tren detrás, algunas oscuras, otras con reflejos y personas apenas visibles.

La fotografía me devuelve, además, a una parte muy concreta de mi vida cotidiana. La estación de Parma forma parte de mi ruta. No es para mí solamente un lugar asociado a un viaje o a una llegada. Es también un sitio por el que paso.

Este era uno de esos días.

Y quizá por eso me gusta ahora más la fotografía.

No porque se haya convertido de repente en una imagen "perfecta". Tampoco porque el blanco y negro haya solucionado todos sus problemas. Simplemente, con los años, dejé de mirar cómo había sido hecha y empecé a mirar qué había conseguido guardar.

Hay algo que he aprendido más de una vez con la fotografía: el momento de la toma no siempre es el mejor momento para juzgar una imagen.

A veces estamos demasiado pendientes del ángulo que no encontramos, de la cámara que no llevábamos, de la luz que habría sido mejor o de aquello que imaginábamos antes de apretar el botón.

Después pasa el tiempo.

Y uno vuelve.

Eso es lo que me ocurrió con esta fotografía.

En 2019 no conseguí verla.

En 2026 sí.

Quizá la cámara explique con qué hice la fotografía, pero no explica por qué decidí recuperarla tantos años después. Esa parte pertenece a la mirada, y la mirada también cambia.

Por eso hoy esta imagen tiene un lugar diferente dentro de mi archivo.

No muestra un acontecimiento extraordinario. No pretende hacerlo.

Es una mujer en una estación de Parma, en un día frío, mientras el movimiento de los trenes y de las personas continúa alrededor.

Y soy yo, muchos años después, volviendo a mirar una fotografía que en su momento no supe ver.

A veces el tiempo también forma parte de una fotografía.

Y esta necesitó el suyo.

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