Lido de Fano en invierno: cuando el mal tiempo también es promesa
Llego al Lido de Fano y el cuerpo lo nota enseguida. El frío entra por las manos, el viento empuja la respiración y el gris se instala sin pedir permiso. No hay voces, no hay risas, no hay ese desorden alegre del verano italiano. Solo piedras húmedas, barcas quietas y un mar que no concede tregua. A primera vista, todo parece tristeza. Pero entonces aparece él. Camina despacio, inclinado hacia delante. No para rendirse, sino para cortar el viento. Su paso no duda. Va hacia algo concreto. Para mí, el mar está revuelto; para él, el mar está hablando. Donde yo leo “mal tiempo”, él lee “ buena pesca ”. Y esa diferencia lo cambia todo. El frío, cuando hay pasión, no pesa igual. No molesta. Se vuelve parte del ritual. El ruido de las olas ya no amenaza, acompaña. El hombre no está soportando el clima: lo está habitando. Con conocimiento. Con gusto. Con una calma que solo tienen quienes saben por qué están ahí. La fotografía engaña, y lo hace de forma hermos...