Un café en la estación de trenes de Parma, 2018
Entré a la estación de trenes de Parma. Afuera hacía frío, de ese que se mete despacio en los huesos y te empuja a buscar refugio sin pensarlo demasiado. El bar estaba ahí , justo frente a la plaza. Hoy ya no existe . En 2018 sí. Pedí un café. Siempre empiezo así. El calor de la taza en las manos, el olor denso que se mezcla con el murmullo de la estación, pasos apresurados, maletas rodando. Un lugar de paso, pensado para no quedarse. Y sin embargo, allí estábamos. Él se sentó frente a la ventana. Abrigo oscuro, espalda ligeramente encorvada, mirada fija hacia la ciudad. No parecía esperar a nadie en concreto. Tal vez solo el siguiente tren, tal vez el tiempo. Yo estaba a unos metros, móvil en mano, haciendo lo que suelo hacer: observar sin llamar la atención, buscando ese pequeño equilibrio entre estar y mirar. Durante unos segundos hicimos exactamente lo mismo. Ambos refugiados del frío. Ambos detenidos. Él miraba Parma a través del cristal. Yo lo m...