Un café en la estación de trenes de Parma, 2018
Entré a la estación de trenes de Parma. Afuera hacía frío, de ese que se mete despacio en los huesos y te empuja a buscar refugio sin pensarlo demasiado. El bar estaba ahí, justo frente a la plaza. Hoy ya no existe. En 2018 sí.
Pedí un café. Siempre empiezo así. El calor de la taza en las manos, el olor denso que se mezcla con el murmullo de la estación, pasos apresurados, maletas rodando. Un lugar de paso, pensado para no quedarse. Y sin embargo, allí estábamos.
Él se sentó frente a la ventana. Abrigo oscuro, espalda ligeramente encorvada, mirada fija hacia la ciudad. No parecía esperar a nadie en concreto. Tal vez solo el siguiente tren, tal vez el tiempo. Yo estaba a unos metros, móvil en mano, haciendo lo que suelo hacer: observar sin llamar la atención, buscando ese pequeño equilibrio entre estar y mirar.
Durante unos segundos hicimos exactamente lo mismo. Ambos refugiados del frío. Ambos detenidos. Él miraba Parma a través del cristal. Yo lo miraba a él a través de mi lente. Hay algo profundamente humano en ese cruce invisible: el observador observado, sin saberlo, sin intención. Un juego de espejos silencioso.
La luz entraba suave, casi tímida. Dibujaba sombras largas, resaltaba el color apagado de las sillas, el contraste entre el interior cálido y la calle gris. Todo era cotidiano. Nada extraordinario. Y quizá por eso decidí disparar.
Ahora miro esta foto y sé que no solo congelé un gesto o una escena. Congelé un lugar que ya no está. Ese bar cerró, no sé cuándo ni por qué. Desapareció como desaparecen tantas cosas en las ciudades: sin aviso, sin ceremonia. Pero quedó aquí, atrapado en esta imagen.
La fotografía se ha vuelto documento sin quererlo. Y también memoria. Un trocito de Parma en 2018 que ya no se puede visitar, pero que sigue respirando en esta luz de invierno, en ese café compartido por dos desconocidos que nunca se hablaron, pero que coincidieron, por un instante, en el mismo refugio.

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