Street Food en Parma: tres días de sabores del mundo y los contrastes de Via Verdi
Fui a Parma casi sin pensarlo. Una persona cercana me habló de un evento de comida callejera en Via Verdi, algo internacional, con puestos de distintos países. Me pareció una buena excusa para salir con la cámara y ver qué encontraba.
Era del 6 al 8 de marzo. Se llamaba International Street Food, organizado por el Comune di Parma. Llegamos por la tarde, cuando la luz empezaba a bajar y el aire todavía tenía ese frío suave que no incomoda, pero se siente.
Había mucha gente. Familias, grupos de amigos, parejas. Filas ordenadas frente a los camiones de comida. Todo limpio. Todo funcionando. Los puestos brillaban con sus luces blancas, como pequeños escenarios. Se escuchaban idiomas distintos, risas, el sonido del aceite caliente. Ese olor a fritura que se mezcla con especias dulces, con pan recién hecho, con carne a la plancha.
Me detuve frente a uno. Luego a otro. La cámara iba y venía. Un cocinero girando la muñeca sobre una plancha enorme. Un grifo sirviendo cerveza sin pausa. Una vitrina llena de papas que parecían alineados con paciencia. Detalles pequeños, repetidos, pero cada uno con su ritmo. Todo parecía en orden. Incluso demasiado. Y sin embargo, mientras caminaba, algo no terminaba de encajar dentro de mí.Conozco esa calle. No de fiesta, no iluminada, no así. La conozco en días normales. Y en esos días, la historia es otra. Hay tensión. A veces gritos. A veces peleas que empiezan de la nada. Personas que pasan rápido, mirando de reojo. No siempre, pero lo suficiente como para quedarse en la memoria.
Esa misma calle. Y esa es la parte que no se ve en las fotos.
Porque mientras hacía estas imágenes, lo que tenía delante era otra cosa: gente tranquila, comida compartida, una ciudad que funciona, que acoge, que organiza. Una especie de pausa. Como si durante tres días se hubiera decidido cambiar el tono. No es falso. Pero tampoco es todo.
Al revisar las fotos días después, me quedé con esa sensación doble. Por un lado, el placer simple de lo que vi: los colores, la comida, las manos trabajando, la gente disfrutando. Por otro, el recuerdo de lo que también forma parte de ese mismo lugar.
Las ciudades son así. No son una sola cosa. A veces basta un evento, unas luces, unos olores distintos, para transformar un espacio. Pero cuando todo termina, la calle vuelve a ser lo que es. Con sus ritmos, sus problemas, su gente.
Yo me quedo con ambos momentos. Con el que se ve. Y con el que se intuye.
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