Un reflejo en el tren de Malpensa: cuando el fotógrafo también forma parte de la escena


No suelo aparecer en mis fotografías. Casi siempre prefiero estar detrás de la cámara, atento a lo que sucede a mi alrededor. Mientras camino, espero un tren o hago una pausa durante el día, suelo llevarla en la mano. No busco una imagen concreta. Con el tiempo he aprendido que las escenas más sencillas aparecen cuando uno menos las espera. 

Aquella tarde estaba en la estación ferroviaria que conecta con la Terminal 1 del aeropuerto de Malpensa. Es un lugar de paso, como tantos otros. Personas que llegan, que se marchan, que esperan unos minutos antes de continuar el viaje. A simple vista parece un espacio donde no ocurre nada extraordinario. Quizá precisamente por eso me gusta volver

En estos lugares siempre siento que hay un mar de oportunidades. Solo hace falta paciencia. 

Me acerqué a un vagón detenido. Dentro, un pasajero miraba la pantalla de su teléfono con esa expresión tranquila de quien ya no tiene nada más que hacer que esperar. La maleta descansaba sobre el portaequipajes. La luz del andén se reflejaba en el cristal. Esperé unos segundos. Poco a poco, cada elemento parecía encontrar su sitio

Entonces apareció algo que no había previsto. Mi propio reflejo quedó atrapado en la ventana. 

Por un instante dejé de ser solo quien observaba. También pasé a formar parte de la escena. No buscaba hacer un autorretrato. Simplemente, el cristal decidió incluirme en aquella historia. 

Quizá eso sea también viajar con una cámara. Pasar casi desapercibido mientras la vida ocurre delante de uno y, de vez en cuando, descubrir que también ha quedado una pequeña parte de nosotros dentro de la imagen. 

Mientras el pasajero permanecía inmóvil, concentrado en su mundo, yo esperaba el momento adecuado al otro lado de la ventana. Dos personas separadas por un cristal, compartiendo el mismo instante sin llegar a conocernos. 

Los aeropuertos y sus conexiones ferroviarias son lugares donde casi nadie desea quedarse demasiado tiempo. Sin embargo, a mí me invitan a hacer exactamente lo contrario: detenerme, observar y esperar

Guardé la cámara y seguí mi camino hacia la terminal del aeropuerto. Aquel pasajero probablemente continuó el suyo sin imaginar que había formado parte de una de mis fotografías favoritas de ese día. Yo también seguí viaje, pero con la sensación de haber confirmado una vez más algo que siempre encuentro en estos lugares de tránsito: basta un cristal, unos minutos de espera y la costumbre de mirar alrededor para descubrir que incluso los espacios más cotidianos guardan historias que merecen ser contadas.

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