Parco Ducale: caminar sin detenerse en el corazón de Parma


Ese día hacía frío
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Un frío seco, discreto, que no duele pero acompaña. Estaba en el Parco Ducale, muy cerca de la Fontana del Trianon, con la cámara en la mano, sin colgarla, como siempre. Prefiero así. Explorar sin llamar la atención, moverme dentro del espacio sin romperlo, pasar casi desapercibido. 

El parque estaba vivo

Grupos de personas repartidos sobre el césped, reunidos por afinidades que no necesitan explicación: el idioma, el origen, la costumbre de encontrarse ahí. Conversan, ocupan el tiempo. El Parco Ducale ha sido siempre eso también: un lugar amplio, histórico, nacido en el siglo XVI para caminar, compartir y respirar un poco fuera del ritmo urbano.  

Pero algo no termina de encajar.  

En medio de ese escenario aparece ella. Una mujer sola, caminando sin pausa. No se detiene. No observa alrededor. Cruza el parque como quien atraviesa un espacio funcional, necesario, pero no propio. Su cuerpo lo dice todo: no está ahí para quedarse, solo para pasar. La fotografía la muestra de espaldas, casi aislada, mientras el resto del parque se fragmenta en pequeños mundos que conviven sin tocarse.  

El contraste es silencioso, pero pesa. 

Este lugar, pensado para el descanso y la convivencia, se ha ido transformando para muchos de nosotros en un espacio incómodo. La presencia constante de vendedores de droga —ajenos al barrio, ajenos al parque— ha cambiado la forma de habitarlo. Ya no es ocio; es tránsito. Ya no es pausa; es atención constante.  

Mientras observo y disparo, lo pienso sin dramatizar.  

Es extraño sentirse ajeno en un lugar que forma parte de tu ciudad. Caminar uno de los parques más emblemáticos de Parma y hacerlo con la sensación de estar solo de paso, como si no te perteneciera del todo. La imagen no grita ni acusa. Simplemente muestra. Dos realidades que comparten espacio sin encontrarse. Un parque que sigue siendo hermoso, amplio, histórico… pero vivido de manera distinta según quién lo cruce y cómo. 

El Parco Ducale permanece. Nosotros, a veces, aprendemos a recorrerlo sin detenernos.

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