Parma pedalea incluso cuando duele
Hay sol, sí. Pero el frío se siente igual. Ese frío limpio y cortante que engaña cuando el cielo está despejado.
Estoy en Parma, como tantas veces, con la cámara colgada y la paciencia afinada. No busco nada extraordinario. Busco lo de siempre: la rutina de la ciudad cuando nadie posa. Estoy en la Strada Abbeveratoia, justo a la salida del Ospedale Maggiore di Parma. De un lado, estructuras médicas, carteles, edificios que hablan de espera, de cura, de cansancio. Del otro, una zona residencial tranquila, casi silenciosa, donde la vida continúa sin anuncios.
Y entonces pasa ella. Pedalea sin prisa, sin dramatismo. Abrigo puesto, cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, mirada fija en el camino. La bicicleta —tan común aquí que a veces se vuelve invisible— vuelve a decirlo todo: en Parma, moverse así no es un gesto romántico, es una forma de estar en la ciudad.
Me gusta el contraste. El hospital, lugar donde el tiempo se estira y pesa. La bicicleta, que no se detiene.
A pesar del frío y de la proximidad con un espacio donde conviven el dolor y la esperanza, la vida sigue pedaleando. No se impone, no grita. Simplemente avanza. El sol ilumina esa persistencia cotidiana, casi discreta, como si quisiera recordarnos que incluso en los márgenes de la enfermedad hay movimiento.
Detrás de ella, el cartel de Parma Assistenza. Lo leo después, ya en casa, revisando la imagen. Y todo encaja. La asistencia, el hospital, la calle, la bicicleta. Un mismo hilo invisible que atraviesa la escena.
No es una gran historia. Es una escena mínima. Pero es Parma respirando, a golpe de pedal, incluso cuando el frío aprieta y la ciudad parece contener el aliento.
Comentarios
Publicar un comentario