Lido de Fano en invierno: cuando el mal tiempo también es promesa
Llego al Lido de Fano y el cuerpo lo nota enseguida. El frío entra por las manos, el viento empuja la respiración y el gris se instala sin pedir permiso. No hay voces, no hay risas, no hay ese desorden alegre del verano italiano. Solo piedras húmedas, barcas quietas y un mar que no concede tregua.
A primera vista, todo parece tristeza. Pero entonces aparece él. Camina despacio, inclinado hacia delante. No para rendirse, sino para cortar el viento. Su paso no duda. Va hacia algo concreto. Para mí, el mar está revuelto; para él, el mar está hablando. Donde yo leo “mal tiempo”, él lee “buena pesca”. Y esa diferencia lo cambia todo.
El frío, cuando hay pasión, no pesa igual. No molesta. Se vuelve parte del ritual. El ruido de las olas ya no amenaza, acompaña. El hombre no está soportando el clima: lo está habitando. Con conocimiento. Con gusto. Con una calma que solo tienen quienes saben por qué están ahí.
La fotografía engaña, y lo hace de forma hermosa. Visualmente es melancólica, casi áspera. Es mi mirada. Pero narrativamente cuenta otra cosa: plenitud. La postura no es derrota, es técnica. El caminar no va hacia la nada, va hacia su objetivo. Y en ese contraste nace la historia.
Pienso en cómo un mismo lugar puede ser inhóspito para unos y acogedor para otros al mismo tiempo. En cómo una afición, un oficio o una pasión pueden transformar un escenario gris en un espacio íntimo, casi feliz. La soledad que yo veo no es la que él siente.
Al final, la imagen no habla solo del mar ni del invierno. Habla de nosotros. De cómo cada uno camina el mundo desde su propia necesidad. Y de cómo, a veces, mirar con atención basta para descubrir que la plenitud no siempre tiene buen tiempo.
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