Dos jóvenes y dos pantallas
Era octubre de 2022. Caminaba por el centro histórico de Fidenza, en la provincia de Parma. Había ambiente de fiesta. Se notaba en el ruido suave de las conversaciones, en los pasos que iban y venían por la calle, en ese movimiento constante que los fines de semana llena de vida a las ciudades italianas.
Llegué a Via Agostino Berenini, justo al lado de la Chiesa di Santa Maria Annunziata. La calle estaba animada. Gente caminando, bicicletas apoyadas en las paredes, voces que se mezclaban con el aire fresco del otoño. Y en medio de todo ese movimiento, ellos dos.
Estaban muy cerca uno del otro. Hombro con hombro. Pero cada uno dentro de su pequeño mundo luminoso. La cabeza inclinada, los dedos moviéndose sobre la pantalla del teléfono. Una escena que vemos todos los días, pero que en ese momento me llamó la atención.
Quizá fue su forma de vestir. Quizá el contraste entre la tradición que respiraba la calle —las piedras antiguas, la iglesia silenciosa a unos pasos— y ese gesto tan contemporáneo de mirar el móvil. O quizá fue simplemente una intuición rápida: ellos también están atrapados en sus pantallas. Claro, es un juicio rápido. Tal vez solo estaban revisando un mensaje. O buscando una dirección. O esperando a alguien.
Pero la fotografía funciona así. Uno no tiene toda la historia. Sólo captura un instante.
Alrededor de ellos la calle seguía viva. El murmullo del centro histórico continuaba, la gente pasaba, el ambiente de fiesta seguía su curso. Sin embargo, dentro de mi encuadre ocurrió algo curioso: todo se volvió quieto.
Eso es lo que me gusta de la fotografía de calle. Con un simple encuadre puedes aislar un pequeño momento del mundo. Un segundo de calma dentro del ruido. Una escena mínima que, quizá, dice algo sobre nuestro tiempo. O quizá no.
Tal vez solo eran dos amigos mirando sus teléfonos en una calle de Fidenza, una tarde cualquiera de octubre. Y yo pasaba por allí con mi cámara en la mano.
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